En el Estado de México, el Partido del Trabajo (PT) y el Revolucionario Institucional (PRI) enfrentan conflictos internos y pérdida de cuadros que podrían debilitar sus estructuras de cara a los próximos procesos electorales.
Divisiones en el PT
Una asamblea política del PT en Toluca puso de manifiesto la fractura que divide al partido a nivel estatal. Por un lado, un grupo liderado por el diputado local Óscar González Yáñez busca consolidar la organización e incorporar nuevos miembros de cara a 2027. Por otro, la dirigencia nacional encabezada por Reginaldo Sandoval ha optado por descalificar estos encuentros, una postura que erosiona la legitimidad partidista.
La presencia de legisladores, presidentes municipales y militantes de larga trayectoria respaldando al sector de González Yáñez contrasta con el rechazo de la cúpula nacional, revelando una organización más enfocada en pugnas por el control que en la construcción de un proyecto político coherente.
El PRI intenta reorganizarse
Mientras tanto, el PRI en la entidad busca proyectar una imagen de fortaleza y renovación con la instalación de su nuevo Consejo Polístico Estatal. Sin embargo, la salida de figuras relevantes, como la reciente protagonizada por el exdiputado David Parra, deja al descubierto un desgaste interno que es difícil de ocultar.
La dirigente estatal del partido, Cristina Ruiz Sandoval, ha afirmado que la institución «no está muerta», aunque esta narrativa de resistencia parece más un esfuerzo por sobrevivir que una estrategia genuina para reconectarse con la ciudadanía.
Desafíos de credibilidad
La insistencia del priismo en que ha «aprendido de sus errores» y ahora escucha más, choca con la percepción pública de un partido que gobernó durante décadas sin atender las demandas sociales. El verdadero reto no radica en la instalación de consejos o en la repetición de consignas triunfalistas, sino en demostrar con acciones concretas que puede ofrecer administraciones eficientes y sensibles a las necesidades de las familias mexiquenses.
De no lograrlo, la reorganización interna corre el riesgo de convertirse en un mero ritual sin sustancia, incapaz de detener la continua pérdida de militantes y la desconfianza generalizada hacia el partido.