La historia política de Quintana Roo está plagada de casos de gobernadores que, tras ejercer un poder casi omnímodo, terminaron en el ostracismo, el olvido o incluso enfrentaron la cárcel, evidenciando la volatilidad de las alianzas y amistades en las altas esferas del poder.
Una fotografía que engaña
Una imagen capturada por Elizabeth Ruiz y recogida en el libro ‘De Cancún a Almoloya; el Imperio Roto de Mario Villanueva’, de José Antonio Callejo Anzures, muestra a un sonriente gobernador Mario Villanueva junto al entonces presidente Ernesto Zedillo, quien coloca su mano de manera afectuosa cerca del hombro del mandatario estatal. La instantánea, titulada ‘los buenos tiempos con Ernesto Zedillo’, contrasta con el posterior distanciamiento y conflicto entre ambos.
Los primeros años del sexenio de Villanueva pudieron mostrar una amistad aparentemente real, pero los desencuentros comenzaron con la confrontación del gobernador con el banquero e inversionista Roberto Hernández, cercano a Zedillo. Villanueva tuvo que desmarcarse de una campaña mediática de ataques contra Hernández, enviando una carta personal de disculpa que, sin embargo, no logró calmar la molestia del presidente.
Presiones y desgaste
El panorama para el gobernador se complicó con señalamientos de la DEA sobre una presunta vinculación con el cártel de Juárez y la presión de Estados Unidos respecto a la certificación del Plan de Sellamiento de la Península de Yucatán. Un incidente previo, en el que el cónsul estadounidense en Cancún, David Van Valkenburg, huyó a su país alegando amenazas de Villanueva a través del subprocurador Humberto Guevara —hecho publicado por The New York Times—, según la defensa del gobernador, fue el motivo real detrás del intento de extradición por parte del vecino país del norte.
El desafío final y la caída
En este contexto adverso, Villanueva intentó influir en la sucesión gubernamental, desafiando la tradición del ‘dedazo’ presidencial y la designación del CEN del PRI, que había elegido a Addy Joaquín Coldwell. Con la frase ‘en Quintana Roo mando yo’, el gobernador utilizó su control sobre los militantes priistas locales para imponer a un candidato cuasi-desconocido, Hendricks, torciendo no solo el proceso sucesorio sino, según el relato, su propio destino.
La reflexión final apunta a que, en la política, las amistades son frágiles y las alianzas se mueven por conveniencia. Parafraseando a Charles de Gaulle y a Maquiavelo, se sugiere que un gobernante no tiene amigos, solo intereses, y debe guiarse por el interés del Estado, no por lealtades personales.