La salida del diputado local Héctor Yunes Landa del Partido Revolucionario Institucional ha sido calificada por diversos actores políticos como un gesto más mediático que sustancial, evidenciando una trayectoria marcada por la conveniencia, según análisis publicados. La renuncia, anunciada el pasado domingo, generó reacciones críticas que señalan el oportunismo del legislador veracruzano, quien ahora acusa al líder nacional Alejandro Moreno Cárdenas de tener secuestrada la institución.
Un historial de control interno
Se recuerda que Yunes Landa ejerció un férreo control sobre el tricolor en Veracruz durante su etapa como dirigente estatal y como alto funcionario en las administraciones de Fidel Herrera y Javier Duarte. Durante esos años, el ahora ex priista decidió candidaturas, impuso perfiles y manejó la organización como una extensión de su voluntad, siempre desde la comodidad de una curul plurinominal y evitando los riesgos electorales directos.
Lo que hoy denuncia contra ‘Alito’ Moreno refleja, según sus críticos, las mismas prácticas que él mismo implementó. El declive del PRI en la entidad, que culminó con una severa derrota en 2016, tuvo a Yunes como protagonista de decisiones erráticas que aceleraron el colapso de un sistema que ayudó a sostener y luego a desgastar.
Escándalos y episodios controvertidos
La memoria política también evoca un video donde una persona cercana a su círculo aparecía contando dinero en sobres, episodio que simbolizó la desconexión entre la clase política y la ciudadanía. Además, se menciona una presunta traición a José Francisco Yunes Zorrilla en 2018, hecho que dentro del equipo del peroteño no se consideró un rumor sino un evento que marcó al priismo local.
Su operación durante el proceso electoral de 2024, donde al no ser favorecido habría actuado en sentido contrario, es otro ejemplo del cálculo por sobre la ideología. Las quejas sobre el trato a su propia gente son recurrentes; se relata cómo tras un accidente que sufrió parte de su equipo durante la campaña de 2016, inicialmente hubo apoyo, pero después vinieron el silencio, los teléfonos que no se contestaban y los compromisos incumplidos.
Un epílogo sin credibilidad
Ahora, Yunes afirma que le pidieron negociar con Rocío Nahle y que incluso el expresidente Andrés Manuel López Obrador lo quería como candidato, declaraciones que para muchos exhiben una narrativa construida desde el ego. Su frase tras perder la gubernatura, «Yo no perdí, perdieron ustedes», resume una visión donde el mérito es propio y la culpa es de los demás.
Su enojo actual tiene un detonante claro: no obtuvo la posición política que buscaba. Por ello, el rompimiento que presenta como un principio ético es en realidad una reacción. Fuera del PRI, se analiza que no llega como un activo sino como un pasivo; no representa renovación sino aquello que el electorado decidió castigar. Su perfil, asociado a prácticas cuestionadas, estorba más que suma en otros partidos que han construido su narrativa en contra de ese estilo.
La política tiene memoria, y en ella Yunes no aparece como el disidente que hoy denuncia abusos, sino como uno de los arquitectos de las prácticas que ahora critica. Su partida no se interpreta como una renuncia de principios, sino como una huida narrativa que intenta reescribir la historia sin asumir el costo de haberla protagonizado. Su ciclo, concluyen las voces críticas, se ha cerrado.