Agustín Moreno, quien comenzó a trabajar a los 12 años pelando papas, es hoy el propietario de la Cervecería Cafetería Viena, un negocio que da empleo a once personas y se ha convertido en un referente de la hostelería en Linares. El local, abierto en 1962, mantiene un ritmo que abarca desde desayunos hasta el tardeo, y es un punto de encuentro para varias generaciones de linarenses.
Moreno recuerda que su primer empleo fue en la marisquería Montblanc, donde pelaba papas y preparaba tomates. Luego trabajó en la Piscina Los Olivos, donde su sueldo pasó de 6.000 a 15.000 pesetas mensuales, aunque las jornadas se extendían desde las diez de la mañana hasta las tres o cuatro de la madrugada. El 14 de enero de 1985 entró a trabajar por primera vez en el Viena, un local que entonces era punto de encuentro de comerciantes, políticos, escritores y toreros. Permaneció allí hasta 2003, y tras pasar por otros negocios, en 2015 supo que el establecimiento se traspasaba y decidió comprarlo.
De vuelta al origen
La compra del Viena en 2015 implicó una inversión considerable para modernizar el local. Seis años después, una segunda reforma permitió ampliar el espacio con dos locales contiguos. Lo que nunca cambió fue el nombre original, que Moreno decidió mantener por respeto a los fundadores. El concepto sí se transformó: de una cafetería tradicional pasó a ofrecer desayunos, tapas, raciones, cocina y menú diario, con un horario que cubre prácticamente todo el día.
Los resultados son visibles. Cuando Moreno tomó el negocio, se vendían entre ocho y diez bollos de pan al día; ahora salen de cocina entre 120 y 130, además de molletes, tostadas y cruasanes. Cada jornada se sirven alrededor de 300 desayunos y se consumen tres kilos y medio de café. El local da empleo a diez trabajadores, además del propio propietario.
Una filosofía de trabajo distinta
Moreno asegura que su forma de gestionar el negocio está marcada por las malas experiencias que vivió como empleado. «Yo no quiero que a mis empleados les hagan lo que a mí me han hecho. Y como no quiero que se lo hagan a nadie, tampoco lo quiero para mí», afirma. Esa filosofía la heredó de su padre, Francisco Moreno, quien le decía: «Lo que no quieras para ti, no lo quieras para nadie».
En el negocio también trabaja su hija Laura, de 25 años, quien estudió Magisterio y prepara oposiciones mientras ayuda en la cafetería desde hace cuatro años. Aunque Moreno desea que su hija encuentre estabilidad en su profesión, admite que le haría ilusión que ella se quedara con el negocio. Después de 44 años detrás de la barra, el cuerpo empieza a resentirse, pero él sigue atendiendo el local con la misma dedicación.
Moreno reflexiona que los tiempos han cambiado y que antes existía más paciencia y respeto hacia quienes trabajan de cara al público. «Por pagarte un café, algunos se creen con derecho a todo», comenta. Sin embargo, no hay resentimiento en sus palabras, solo la serenidad de quien ha visto cambiar a varias generaciones de clientes desde el mismo lado de la barra. Su filosofía se resume en una frase: «Si no te gusta tu profesión, no eres tú. Pero si te gusta, ni miras la hora, ni miras el local. Te la haces tuya».