En las postrimerías de la década de 1990, la cantautora española Mari Trini, exhausta tras una larga carrera pública, encontró refugio en Sant Cebrià de Vallalta, un pequeño pueblo del Maresme barcelonés, donde los vecinos la acogieron y hoy la recuerdan como una más de la comunidad.
Una pionera en un mundo de hombres
Mari Trini emergió en el panorama musical español de finales de los años sesenta, una época en la que la industria estaba dominada por hombres y las mujeres tenían limitaciones legales como no poder abrir cuentas bancarias sin autorización marital. Su insistencia en grabar sus propias composiciones, en lugar de interpretar letras ajenas, supuso un desafío radical al sistema establecido.
Su carrera despegó tras una estancia en Francia, donde se trasladó siendo menor de edad con un permiso paterno, un gesto que hoy resulta anacrónico. Allí comenzó a forjar su identidad artística lejos de las etiquetas. Su regreso a España con temas como «Yo no soy esa» en versión francesa, que lideró las listas de ventas durante más de un año, supuso una sacudida para una sociedad que empezaba a cuestionar los roles tradicionales.
Un legado de rebeldía y discreción
La artista abordó en sus canciones temas entonces tabú para las mujeres, como la independencia y las aspiraciones personales, con un enfoque que ha sido calificado de feminista y transversal. Expertos en su trayectoria señalan que fue la primera mujer española en grabar íntegramente su propio repertorio.
Sin embargo, su vida personal estuvo marcada por la discreción forzada de la época. Mantuvo una relación con Claudia Lanza, presentada públicamente como su secretaria o colaboradora para proteger su privacidad en una industria y una sociedad llenas de prejuicios.
La vida sencilla en el pueblo
En Sant Cebrià de Vallalta, Mari Trini buscó y encontró una vida alejada del ruido mediático. Según relatos de quienes la conocieron allí, como Jordi Rotllan, parte de la familia que la acogió, la artista valoraba los gestos cotidianos: comprar el pan, tomar un vermut o pasear. El pueblo también supo defenderla en momentos de incomprensión, como cuando una vecina reaccionó con solidaridad ante un comentario despectivo sobre su orientación sexual.
Hoy, años después de su fallecimiento, su figura sigue reivindicándose, con peticiones para que se le conceda la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Su legado se mantiene vigente no solo por su música, sino por su ejemplo como mujer que se abrió camino en un mundo hostil y dueña de su propio destino.