La manipulación de la información y el uso de narrativas engañosas se han convertido en un obstáculo crítico para la gestión de riesgos, especialmente en temas de crisis climática. Este fenómeno, que distorsiona la percepción del peligro, deja a la sociedad en una situación de vulnerabilidad ante emergencias reales, al ser alimentado tanto por intereses políticos como por una comunicación deficiente.
El uso de bulos para la concentración de poder
La desinformación, entendida como una estrategia deliberada para engañar y obtener beneficios económicos o poder político, está erosionando la confianza en las instituciones y la ciencia. En el contexto del calentamiento global, se emplean tácticas de suplantación de identidad de organismos oficiales y la difusión de teorías conspirativas para invalidar la realidad climática.
Este vacío informativo se aprovecha en plataformas digitales para difundir noticias falsas, como las que circulan sobre incendios forestales supuestamente provocados para instalar paneles solares, lo que entorpece directamente las labores de mitigación. La falta de regulación en los algoritmos de redes sociales, que suelen premiar la polarización, agrava este escenario de ceguera social ante el riesgo.
Estrategias de defensa frente a la desinformación
Para combatir este debilitamiento de la verdad, se propone una comunicación ambiental rigurosa y una mayor alfabetización mediática que permita a la ciudadanía filtrar contenidos. Es urgente evitar la «falsa simetría» en el periodismo, donde se le otorga el mismo peso a una opinión sin sustento científico que a una evidencia comprobada.
Asimismo, se señala la necesidad de una mayor transparencia institucional y la regulación de las plataformas digitales para evitar que la desinformación disipe la percepción del peligro mientras la vulnerabilidad de la población aumenta.
Prevención frente a la asistencia de daños
Es necesario distinguir entre la disminución del riesgo, que se enfoca en la prevención para evitar que el problema ocurra, y la reducción de daños, que tiene un carácter asistencial cuando el evento ya ha sucedido o es inevitable. Mientras la primera busca atacar la causa raíz, la segunda se centra en mitigar las consecuencias negativas una vez que el riesgo se materializa.
Técnicamente, el riesgo se define por la combinación de la probabilidad de un evento y la vulnerabilidad del entorno, clasificándose en riesgos naturales o tecnológicos, dependiendo de su origen.